Testimonios Pacientes

Son tantos los detalles que forman parte de la terapia realizada en la Comunidad Terapéutica de Cuyuncaví, que repasar cada uno y profundizar su implicancia en mi desarrollo, es algo que no creo poder hoy abarcar, pero seguramente muchos serán efectos que iré descubriendo en la vida más adelante. Mientras tanto puedo decir que ha sido muy benéfico en mí, lo cual podría concentrar en: poder darle real sentido y significado a la vida. Real porque este sentido se acompaña de una naciente nueva voluntad, lograda gracias a una terapia de años en un lugar tan noble como este. Voluntad de ir hacia lo bueno. Seguramente mis compañeros de Cuyuncaví pueden decir lo mismo en relación a ellos.

Entré a Cuyuncaví en el verano del año 2004, a los 28 años con el propósito de enfrentar los diversos males que pueden acarrearse en una vida producto de poseer un Trastorno de Personalidad, cosa de la que aquí fui diagnosticada como Borderline. Debo agradecer esta posibilidad ya que, junto con muchas otras cosas que la distinguen (y que trataré de compartir), este lugar me brindo las buenas condiciones para que pudiera permanecer con mi hijito de 5 años. Aquí yo aprendí a ser madre. Fue una bendición para ambos vivir en la Comunidad Terapéutica donde de entrada se respira tanta paz y donde podemos desenvolvernos en el campo cercanos a los ritmos de la naturaleza.

En el proceso de sanación viene a ser punto crucial el poder avanzar hacia vivir con las objetivaciones necesarias sobre uno mismo. Esto que es uno de los aprendizajes más importantes que se dan en la vida para la autoeducación es a su vez de lo más difícil de lograr, pero en los seres humanos que sufren de alguna patología puede llegar a ser un imposible al no contar con la presencia e integridad necesaria para poder desidentificarse de lo enfermo. Mas si pudiesen existir en el mundo cada vez más lugares altamente humanos como este entonces muchas personas, que hoy no pueden, tendrían la posibilidad de hacer uso gradualmente de sus propias fuerzas pues éstas florecerían dentro de ellas como si fueran una nueva vida. Experimentar los pequeños pasos hacia la salud viene a ser una de las cosas más significantes puesto que en su medida nos vamos liberando de las cadenas que no nos permiten hacer nada más que girar dentro de lo patológico excluyéndonos del poder realizarnos y avanzar. Se entenderá que para que esto pueda realizarse es imprescindible instituciones que logren entregar un servicio donde nada de lo que el paciente recibe lo lleven defenderse, desconfiar, sufrir efectos colaterales por algún tratamiento…etc, sino todo lo contrario, y es lo que buenamente ofrece esta comunidad, una organización exterior tan armónica tan auto-trabajada que otorga el espacio para acoger lo netamente propio e individual de cada paciente.

Desde la partida uno debe estar preparado a comprometerse en este camino aunque suene contradictorio, pero es parte esencial para poder permanecer en esta terapia el mantener la voluntad de querer sanarse, sino la experiencia puede resultar en acrecentar el querer vivir la enfermedad dejándose llevar por el placer que subyace en lo que impele y otorga una falsa experiencia de realización al dar rienda suelta a lo que pueda resultar de todo ello, o simplemente a la locura, automarginándonos de las responsabilidades que nos caben. Por lo menos en lo que respecta a problemáticas vinculadas con Trastornos de Personalidad puede esto darse generando tanto daño. Es muy necesaria  la  experiencia de tocar fondo pues si existe verdadera ayuda en el que tiende una mano, entonces puede reunirse la conciencia de saberse necesitado de una terapia con la capacidad de entregarse a ella. Nada de esto es algo simple pues grande es el grado de defensa, fuerte la tiranía que puede ejercer manipulando nuestra propia alma y poca fe nos tenemos por desconocimiento, pero si algo apela a lo profundo nuestro con confianza y firmeza, entonces tenemos esperanzas y podemos luchar por responder a la bondad y cuidados que recibimos, pues reconocemos la veracidad en lo que así sana. Quizá en esto logremos rescatar hacia la vida práctica nuestro olvidado buen origen y podamos sobre esta base enfrentar lo que nos toca padecer y luego más, abrirnos hacia nuevos horizontes.

La vida en comunidad y el trabajo en una granja biológico-dinámica es un conjunto muy sabio y se podría escribir un libro extenso de todo ello en relación a lo que se ha logrado en Curacaví desde una Comunidad Terapéutica y su potencial.  El trabajo interior y exterior que deben cuidar en sí mismos y en los otros los que se han propuesto esta alta meta y que trabajan diariamente en Cuyuncaví,  sumado al principal hecho el de velar por hacer posible que los pacientes, que se empeñan en su sanación puedan realizar su cometido, es algo muy formador, de mucha enseñanza que dignifica enormemente, pues grande es el esfuerzo y la entrega desinteresada que realizan con tanto cariño. Bien es tener presente que frente y hacia estas mismas personas inevitablemente se entra en diversos conflictos no menores, sobre lo cual no queda más que agradecer el que hubieran estado ahí respondiendo con tanta vocación. Cuando nos damos cuenta que esto es así, cuando una y otra vez despertamos al contexto en el que nos encontramos, entonces en momentos de desencuentro y dificultades resultará que lo que llevábamos con “valida justificación” se reducirá a una cosa tan pequeña contrastada con esto que podremos revertir un mal proceso interior antes de exteriorizarlo lo cual redunda en nuestra superación. Luego si esto no es el caso o simplemente se siente, siempre están las puertas abiertas al diálogo y al reconocimiento. Cuando las cosas están tan bien dispuestas a nuestro alrededor no queda más que pensar que llega ser cosa de tiempo y consolidación de la propia voluntad la recuperación y por lo mismo cada vez que nos tocó saber de compañeros que no llegaban hasta el final tanto lo sentíamos. No es simple que el mundo de hoy comprenda lo positivo de lo que va forjándose en el tiempo y así pasó que lo superficial en alguna patología, alguna manifestación puntual de ella, en cosa de pocos meses son las primeras cadenas que liberamos y muchas veces podemos creer que con esto estamos listos. ¡Es tanto el bienestar, el respiro que esto nos causa con sorpresa y reconocimiento de familiares y amigos! Pero como nadie aquí hace propaganda del lugar, lo cual es modo tan noble, no hay cuenta de lo frágil aun de estos primeros pasos y faltando parámetros del hasta dónde llegar, caer en el error de contentarse con esta primera vista es algo muy posible. Pero si por sobre esto hacemos además primar necesidades pues siempre las hay, interrumpir la terapia antes de tiempo será el peor error de todos porque aún depende mucho del entorno. Seguramente muchas veces estaremos frente a esta encrucijada, pero si logramos decidir por lo principal sin soltarlo nos forjaremos un mejor destino y podrá la vida mostrarnos como se calman esas necesidades que probablemente si las atendíamos entonces nos hubieran apremiado cada vez más hasta el desgaste.

Son muchas las cosas y lugares por nombrar. Del trabajo mismo del campo hay tanto que aprender pues mucho es lo que nos hemos distanciado de la naturaleza al punto de no sernos grato el dedicarnos a ella ya que simplemente no tenemos interés y por lo mismo nada sabemos. Pero ahí estamos evadiendo en un comienzo y luego según sea esforzándonos por lograr cosas. Animales y plantas ahí los tenemos todos los días tan cerca siendo tratados dignamente. Maravilloso es que esta Comunidad no tenga en mira el lucro, ni la productividad en primer lugar, dando espacio a esto.

De pronto uno comienza a vivir la magia de esta terapia. Los antiguos ruidos comienzan a quedar atrás, la vida de la naturaleza y esta maravillosa organización humana comparten su bondad con la vida propia y uno es parte de ella. Las preocupaciones de la vida comienzan a estar dentro de la Comunidad, es un mini mundo basado en el respeto al prójimo, que comienza fuertemente a contrastar con las salidas puntuales a Santiago, incluso con las visitas familiares de los días domingos y nos damos cuenta que hemos aprendido aquí a vincularnos, a dejar atrás la agresividad y en gran medida la flojera social. Por ejemplo: como en ningún otro lugar nos vemos llamados a hablar directamente con el otro los problemas que puedan darse.  Al principio no quedará otra alternativa puesto que nuestro discurso no encontrará eco alguno pero luego y gracias a esta experiencia, nos prepararemos para hacerlo como corresponde. Dejar atrás en los hechos el conocido pelambre o el silencioso resentimiento, pues la idea es arreglar las cosas y cuando esto se da ocurre que con sorpresa notamos que hemos estrechado vínculos cada vez. Parece fácil pero no lo es. Incluso podemos sentirnos pillados de no haber pensado que este era el modo de proceder. Por el otro lado también hay en todos los que aquí viven una notoria seriedad y especial valoración del tiempo que cada cual puede organizarse en soledad y aunque la atmosfera sea difícil de ser transmitida, cómo no ver que todo esto templa nuestro espíritu. Se encuentran aquí personas tan distintas que no comparten más que ser pacientes en una terapia junto con los que cuidan, por lo tanto muchas veces no hay afinidades a simple vista ni mutuas simpatías, por esto comprobar que nos podemos entender, valorar y descubrir comunes inquietudes es un tesoro que podemos guardar.

Otra cosa llamativa es que si bien este lugar esta cobijado de las influencias externas uno tendrá la experiencia de encontrar adentro todos los retos y lo necesario que debe vivir para enfrentar lo propio, pues como magia se hará presente lo importante. Decir que esto es una burbuja que no permite enfrentar las verdaderas dificultades de la vida es tan falso que no puede quedar sin ser mencionado ya que otra cosa sería si todo esto no diera buenos frutos, pero la realidad es que aquí nos sanamos para luego hacer la vida según cada cual y frente a la verdad de estos hechos por lo menos alegría debe sentirse.

Por todo especialmente importante ha sido el aprendizaje de convivencia en comunidad y no sé si uno podría saber de ella sin vivir dentro de una pues no es cosa poca todo lo que se conjuga. Pero creo que de todo lo más importante es el proponerse metas futuras que impliquen responsabilidad ya que en ellas se pone en juego la praxis en diversos contextos de todo este aprendizaje ¿hasta dónde puede uno mismo llevarse?

Todo esto ha sido acompañado con nuestro querido terapeuta, el cual, quiero decir, ha sido el gran maestro en todos estos procesos. Procesos que son comienzos para muchos.

M.J.L.

 

Tuve desde niño la experiencia de infelicidad, y con ella, la de no conocer ni entender su causa. Podía decirse que no me faltaba nada; mi familia era unida, nunca vivimos en una mala casa, no faltaba comida, ni ropa, ni colegio: nada parecía faltar. Yo sabía que otros niños sufrían por razones muy claras. Por ejemplo a muchos les faltaba comida, como me enteraba cuando yo no me quería comer la mía. Saber esto acrecentaba mi miseria, porque no parecía tener razón de ser.

Años pasaron y finalmente fui en busca de ayuda profesional. Estuve con por lo menos cinco psiquiatras, tres psicólogos, una sanadora y una astróloga, aplicando distintas técnicas terapéuticas, desde las llamadas terapias alternativas hasta lo más duro de la psiquiatría “ortodoxa”. Pero nadie sabía qué hacer, ni cada profesional por sí solo, ni cuando se reunían varios a discutir el “caso”.

Y esta fue una de las primeras experiencias importantes que tuve en Cuyuncaví, con Claudio. Él me trató como un ser humano y no como un caso. Tuve la experiencia de ir encontrando lo que siempre había necesitado, alguien que entendía lo que me pasaba. No digo que de inmediato él me explicó todo y ya todo quedó claro, sino que fue más bien una vivencia en el corazón. No es fácil de explicar, pero es algo como que en el momento en que estoy exponiendo lo que me pasa, yo soy para él lo más importante en el mundo, y que en él vive el sincero deseo de ayudarme, y la convicción de que puedo superar mis problemas. Se me abrió la posibilidad de darme a entender, algo que para mí era nuevo, y me encontré con que los vínculos humanos existían, de que era posible que dos se entendieran. Fue una experiencia fundamental, una luz que apareció en la oscuridad. Esto en conjunto con el hecho de llegar al campo, ver la naturaleza, pero no como turista, sino que con la intimidad que implica la constancia del día a día, todos los días a la misma hora, viviendo el proceso del año. Esos dos hechos son el inicio de un conjunto de cosas que “siempre había necesitado”, de las cuales algunas otras cabría mencionar.

La música siempre había sido importante para mí, y ya la intentaba cultivar de antes. Pero había llegado a ver en ella una manera de “canalizar mi rabia” contra la vida. Era una incitación al descontrol, un conducirse, de la manera más intensa posible, hacia un supuesto proceso de catarsis, un griterío que, según creía, me llevaría a la liberación de todos los sentimientos de frustración que llevaba acumulados: un desahogo, como dicen. Me atrapaba la idea de que el desenfreno pasional y la embriaguez eran el camino hacia el arte. Lo sentía como una necesidad, una sed quemante ante la sequedad de la vida.

En Cuyuncaví había un piano, y algunos pacientes ya eran viejos músicos cuando yo llegué. Así vine a enterarme de Beethoven (que al igual que muchos yo creía conocer y no conocía), Mozart y Bach. Yo tenía todo eso medio tachado de aburguesamiento, o arribismo, y de repente me encuentro, de manera no teórica sino que práctica, con mi error; tendría que ser poeta para describir lo que fue todo eso. En todo caso me lancé a estudiar piano en clases con Araceli, profesora y paciente, que me enseñó piano y música en forma intensiva. Entonces fue en este momento, estando frente a la música clásica, o tal vez debiera decir música verdadera (así lo siento yo) es que empecé a entender qué era la música, y que para escucharla en serio tenía que hacer lo contrario de lo que hacía con mi anterior “música”: acrecentar siempre la concentración y aspirar hacia una pureza en el alma. Sin eso lo que es objetivamente bello, lo verdaderamente armónico no me iba a provocar nada, no iba a encender nada en mí. Otro tanto me ocurrió con la literatura, que si bien tenía interés antes, no era capaz de terminar los libros.

Pero estas cosas constituyen recién tan sólo los cimientos, por decirlo así, de lo que fue la terapia. Claudio, en las entrevistas personales como en sus charlas, me fue ayudando en el proceso de conocerme a mí mismo y así poder cambiar. Era necesario cultivar una concepción distinta del ser humano para poder hacer una verdadera terapia: el hombre se tiene que sanar desde adentro, desde sí mismo. Eso no significa que no vaya a necesitar ayuda ni medicamentos, pero una ayuda y unos medicamentos que te pongan en la situación de poder tomar tú las riendas del asunto, lo cual redunda en la idea de ser “tratado como un ser humano y no como un caso”.

Para eso se necesita todo lo que la llamada sociedad de consumo destruye en ti. El sistema donde tan sólo se busca el éxito entendido como la conquista de la comodidad, donde accedemos a un conocimiento árido, acumulable, sin la experiencia de que verdaderamente sirva a mí o a los demás, a no ser que sea entregar una comodidad más, se ofrece una concepción del arte arbitraria, que nos invita a la psicosis y al desborde emocional; y se nos ofrece diversión, “actividades” superficiales, necias, ofensivas al hombre, con la cual si no te involucras no tienes tema de conversación con los demás.

Esta situación me tenía espiritualmente en la UTI, por decirlo así, y la vida me era insoportable. Sólo me podía levantar abriéndome en alma y espíritu a aquello que dicha sociedad nos esconde por completo: el hombre puede vivir –y ha vivido- de otra manera.

No podría entender la etapa que viví como paciente en Cuyuncaví sin tomar todo como un organismo. Quizás esa es la gran dificultad a la hora de hacer un testimonio en torno a ella. Las entrevistas con Claudio, el encuentro con el campo y el valor de la constancia en el trabajo que ahí aprendí, el encuentro con la música y la literatura, no pueden ser entendidas, ni tendrían el significado que tienen, cada una aislada. Todo tuvo que ser organizado desde una idea que yo no llego a abarcar aún, pero que tiene relación con una concepción espiritual del hombre y de la vida humana, y todo lo que de ella emana.

Todas las ideas que están en la base de la terapia, que como digo son aún un misterio para mí (no porque me las escondan, sino que porque no soy capaz de calar su profundidad), están además en los cimientos de la vida de la comunidad. En Cuyuncaví se ha logrado formar la atmósfera humana que constituye el cáliz al amparo del cual todo se puede ir dando. La atmósfera comunitaria en que cada uno se encuentra con el deber frente a los demás, desde lo más básico de la vida doméstica hasta lo más complejo y sutil en las relaciones humanas; el deber de cuidar y cultivar ese cáliz, desde el cual tiene que rebrotar aquel sentido de la responsabilidad social que nos lleva a recuperar la dignidad que habíamos perdido.

Andrés Pinto